Hay quien diría que algo se ha perdido,
pero yo he visto otra cosa.
He visto a un hombre despojarse del tiempo
como quien entra al río sin prisa,
dejando en la orilla
bien ocultas sus pertenencias,
porque hay que saber nadar
y esconder la ropa.
Pero ahora dejó los relojes y fechas,
los nombres y deudas del corazón
que todos cargamos sin darnos cuenta.
He visto que el recuerdo
se le ha ido a no se dónde
y aún sin tener mi nombre
concluir que me conoce.
He visto sus ojos abrirse
como ventanas recién lavadas,
y ya no poder contemplar paisaje.
Sorprenderse de lo simple
como si el mundo
fuera estrenado cada mañana.
Y no hay vergüenza en su risa
ni cálculo en sus palabras,
ni el afán de medir cada gesto
como si expresar necesitara permiso.
Mientras tanto,
otros sostienen lo que no se ve,
como en cualquier vaso de jugo
pocos saben lo que costó exprimirlo.
Manos que repiten la rutina
como quien riega una planta pacientemente,
voces que llaman e intentan dar instrucciones
como si de un niño de brazos se tratase,
pasos que aprenden a ir más lento
para no dejar a nadie atrás;
y lo más extraordinario,
corazones encendidos
compartiendo buenas nuevas de gran gozo.
No hay aplausos,
pero hay algo más firme que el reconocimiento:
una entrega que no negocia,
una fidelidad que no depende de ser recordada.
El honor de saber que se está cumpliendo el deber,
el privilegio de ser un medio celestial.
Y yo, más que nada, un mortal espectador,
encuentro gracia divina en cada trozo de esta escena.
Aún tengo en mi memoria momentos
que hace ya tiempo se habían escurrido de sus manos,
largas caminatas temprano en la mañana
para las que lucía unos tenis viejos, tan emocionado,
lo que para él era un día de tareas cotidianas
para mi era la mejor aventura de las vacaciones.
Y yo, más que nada, un intento de buen oidor,
encuentro un hombre que sin proponérselo
me enseñó a apreciar el cielo del Cibao.
El que lo conoció sepa, que me conoce un poco;
y el que me conoce ha de saber,
que ya ha conocido algo de él.
Hay quien diría que algo se ha perdido,
pero yo lo que he visto, es que Dios alcanzó a mi abuelo.
Poema en honor a F. Antonio Reyes Abreu †26-marzo-2026. Dedicado a las manos que le cuidaron durante 6 años en su deterioro físico luchando con Alzheimer; a sus hijos, hermanos, nietos, amigos y demás familiares.


