Las Resoluciones de Jonathan Edwards

Ya ha pasado una semana de este año y aún voy pensando en lo que quisiera hacer, lo que pretendo lograr, y los retos que tengo por delante. Me encanta que el cambio de fecha nos motive a planificar, a proyectarnos, incluso a ser intencionales, comprometiéndonos e invirtiendo, o dejando de invertir, recursos en las cosas que encontramos de interés, o de las que queremos alejarnos. Como creyentes esto no es diferente, igualmente necesitamos una proyección, un rumbo claro, definir hacia donde estamos apuntando. Ahora bien, debemos cuidarnos de organizar nuestro año y agregar a Dios en la planificación; Dios no es un condimento que simplemente agregamos para completar la mezcla, El lo es todo.

Es por esto que he estado re-leyendo desde el cierre del año pasado estas palabras del joven Edwards, y justo viendo su contexto me doy cuenta de que no fue algo estructurado en un solo momento como para hacer un basto compromiso al inicio de alguna época del año, darme cuenta de esto me sirve de motivación, y espero que a ti también, para no hacer una larga lista de compromisos para todo el año, si no, continuar a lo largo de él agregando y revisando constantemente como estamos caminando. Intento apoyarme en estas resoluciones para mi vida e irlas adaptando a mi contexto, no por venerar y mucho menos canonizar a Edwards, pero si agradeciendo al Señor por como su vida y los escritos que nos dejó nos apuntan a Cristo y nos sirven de legado.


Introducción histórica

Las Resoluciones de Jonathan Edwards no fueron concebidas como una obra literaria ni como un tratado teológico destinado a la publicación. Se trata, más bien, de un conjunto de compromisos espirituales personales que Edwards comenzó a redactar a los 19 años, entre 1722 y 1723, como parte de su disciplina cristiana y auto-examen continuo.

Escribió estas resoluciones a lo largo del tiempo, revisándolas, ampliándolas y a algunas agregándoles fechas, lo que revela su carácter progresivo y profundamente introspectivo. Reflejando su espiritualidad puritana, marcada por una firme conciencia de la gloria de Dios, la brevedad de la vida, la realidad de la eternidad y la necesidad de una vida sostenida por la gracia de Dios.

El documento original proviene de manuscritos personales, lo que explica la existencia de ligeras variaciones entre distintas ediciones históricas. La versión presentada aquí debajo corresponde a una forma completa del texto en inglés, preservada en archivos académicos, y se encuentra en dominio público.


Resoluciones

Siendo consciente de que soy incapaz de hacer cosa alguna sin la ayuda de Dios, humildemente le suplico que, por su gracia, me capacite para guardar estas resoluciones, en la medida en que sean conformes a Su voluntad, por amor de Cristo.

Recuerda leer estas Resoluciones una vez por semana.

1. Resuelvo hacer todo lo que considere que más conduce a la gloria de Dios, y a mi propio bien, provecho y placer, durante toda mi existencia; sin consideración del tiempo, ya sea ahora o dentro de miríadas de edades futuras. Resuelvo hacer todo lo que considere que es mi deber y lo más beneficioso para el bien y ventaja de la humanidad en general. Resuelvo hacerlo así, sin importar las dificultades que encuentre, cuantas sean y cuán grandes sean.

2. Resuelvo estar continuamente esforzándome por idear alguna nueva estrategia o invención para promover las cosas mencionadas anteriormente.

3. Resuelvo, si alguna vez caigo y me vuelvo negligente, hasta el punto de descuidar alguna parte de estas Resoluciones, arrepentirme de todo lo que pueda recordar cuando vuelva en mí.

4. Resuelvo no hacer jamás cosa alguna, ni en el alma ni en el cuerpo, ni grande ni pequeña, que no tienda a la gloria de Dios; ni dejar que exista, ni permitirlo, si me es posible evitarlo.

5. Resuelvo no perder jamás un solo momento de tiempo, sino emplearlo de la manera más provechosa que me sea posible.

6. Resuelvo vivir con todas mis fuerzas mientras viva.

7. Resuelvo no hacer nunca cosa alguna que temería hacer si fuera la última hora de mi vida.

8. Resuelvo actuar, en todo aspecto, tanto al hablar como al obrar, como si nadie hubiera sido tan vil como yo, y como si yo hubiera cometido los mismos pecados, o tenido las mismas debilidades o fallas que otros; y permitir que el conocimiento de sus faltas no produzca en mí otra cosa que vergüenza propia, y sea solo ocasión para confesar mis propios pecados y miserias delante de Dios.

9. Resuelvo pensar mucho, en toda ocasión, en mi propia muerte y en las circunstancias comunes que la acompañan.

10. Resuelvo, cuando sienta dolor, pensar en los dolores del martirio y del infierno.

11. Resuelvo, cuando piense en algún teorema de divinidad que deba resolverse, hacer inmediatamente lo que esté a mi alcance para resolverlo, si las circunstancias no lo impiden.

12. Resuelvo, si llego a deleitarme en algo como la gratificación del orgullo o la vanidad, o por cualquier motivo semejante, desecharlo inmediatamente.

13. Resuelvo esforzarme por encontrar objetos adecuados para la liberalidad y la caridad.

14. Resuelvo no hacer nunca cosa alguna por venganza.

15. Resuelvo no permitir jamás el más mínimo movimiento de ira hacia seres irracionales.

16. Resuelvo no hablar mal de nadie de manera que tienda, en mayor o menor grado, a su deshonra, bajo ningún motivo, excepto cuando algún bien real lo requiera.

17. Resuelvo vivir de tal manera que, cuando llegue a morir, desearía haber vivido así.

18. Resuelvo vivir siempre como creo que es mejor en mis estados más devotos, y cuando tengo las nociones más claras de las cosas del evangelio y del mundo venidero.

19. Resuelvo no hacer nunca cosa alguna que temería hacer si esperara oír la última trompeta en menos de una hora.

20. Resuelvo mantener la más estricta templanza en el comer y el beber.

21. Resuelvo no hacer nunca cosa alguna que, si la viera en otro, consideraría justa ocasión para despreciarlo o pensar peor de él.

22. Resuelvo procurar para mí tanta felicidad en el otro mundo como me sea posible, con toda la fuerza, poder, vigor y vehemencia, sí, incluso con la violencia espiritual de que sea capaz, o que pueda llegar a ejercer, por cualquier medio que pueda concebirse.

23. Resuelvo tomar frecuentemente alguna acción deliberada que parezca poco probable de hacerse para la gloria de Dios, y rastrearla hasta la intención, diseño y fin original de la misma; y si descubro que no es para la gloria de Dios, considerarla como una violación de la cuarta resolución.

24. Resuelvo, siempre que haga alguna acción manifiestamente mala, rastrearla hasta su causa original; y entonces, esforzarme cuidadosamente por no volver a hacerlo, luchar y orar con todas mis fuerzas contra el origen de la misma.

25. Resuelvo examinar cuidadosa y constantemente eso que provoca en mí el más mínimo grado de duda del amor de Dios, y dirigir todas mis fuerzas contra tal cosa.

26. Resuelvo desechar aquellas cosas que descubra que disminuyen mi seguridad espiritual.

27. Resuelvo no omitir voluntariamente cosa alguna, a menos que la omisión sea para la gloria de Dios; y examinar con frecuencia mis omisiones.

28. Resuelvo estudiar las Escrituras de manera tan firme, constante y frecuente, que pueda hallar y percibir claramente que crezco en el conocimiento de ellas.

29. Resuelvo no considerar como oración, ni permitir que pase por oración, ni como petición de oración, aquello que esté hecho de tal manera que no pueda esperar que Dios lo responda; ni como confesión aquella que no pueda esperar que Dios acepte.

30. Resuelvo esforzarme cada semana por ser llevado a un grado más alto en la religión y a un ejercicio más elevado de la gracia que la semana anterior.

31. Resuelvo no decir jamás cosa alguna contra nadie, excepto cuando sea perfectamente conforme al más alto grado de honor cristiano y amor al prójimo, conforme a la más profunda humildad y sentido de mis propias faltas, y conforme a la regla de oro; y, a menudo, después de haber dicho algo contra alguien, someterlo estrictamente a la prueba de estas Resoluciones.

32. Resuelvo ser estricta y firmemente fiel a la confianza que se me ha dado, para que lo dicho en Proverbios 20:6, “El hombre fiel, ¿quién lo hallará?”, no se cumpla parcialmente en mí.

33. Resuelvo hacer siempre todo lo que esté a mi alcance para hacer, mantener y preservar la paz, cuando pueda hacerse sin un perjuicio mayor en otros aspectos.

34. Resuelvo, al narrar hechos, no decir jamás otra cosa que la verdad pura y simple.

35. Resuelvo, siempre que me cuestione de si he cumplido mi deber, y que mi tranquilidad se vea perturbada, ponerlo por escrito y agregar cómo fue resuelta la cuestión.

36. Resuelvo no hablar mal de nadie, excepto cuando tenga un llamado particular y bueno para hacerlo.

37. Resuelvo indagar cada noche, al irme a la cama, en qué he sido negligente, qué pecado he cometido y en qué me he negado a mí mismo; también al final de cada semana, mes y año.

38. Resuelvo no decir jamás cosa alguna que sea frívola o motivo de risa en el día del Señor.

39. Resuelvo no hacer nunca cosa alguna cuya legalidad cuestione tanto que, y al mismo tiempo, tenga la intención de examinar después si fue lícita o no; a menos que cuestione en igual medida la legalidad de omitirla.

40. Resuelvo examinar cada noche, antes de irme a la cama, si he actuado de la mejor manera posible en lo referente al comer y beber.

41. Resuelvo preguntarme, al final de cada día, semana, mes y año, en qué podría haber actuado mejor en cualquier aspecto.

42. Resuelvo renovar frecuentemente la dedicación de mí mismo a Dios, hecha en mi bautismo, solemnemente renovada cuando fui recibido en la comunión de la iglesia, y que he vuelto a hacer solemnemente este día 12 de enero de 1723.

43. Resuelvo no actuar jamás, desde ahora hasta mi muerte, como si de alguna manera me perteneciera a mí mismo, sino total y enteramente a Dios.

44. Resuelvo que ningún otro fin que no sea la religión tenga influencia alguna en mis acciones, y que ninguna acción tenga, en la más mínima circunstancia, otro carácter que aquel que el fin religioso le otorgue.

45. Resuelvo no permitir ningún placer o aflicción, gozo o tristeza, ni afecto alguno, ni grado alguno de afecto, ni circunstancia relacionada con ellos, que no ayude a la religión.

46. Resuelvo no permitir jamás el menor grado de irritación o desagrado hacia mi padre o mi madre; y no permitir que tenga efecto alguno, ni siquiera en la más leve alteración de mi hablar o de la expresión de mis ojos; y ser especialmente cuidadoso de ello con respecto a los miembros de mi familia.

47. Resuelvo esforzarme al máximo por negar todo aquello que no sea conforme a un temperamento bueno, universalmente dulce y benevolente, tranquilo, pacífico, contento y sereno, compasivo y generoso, humilde y manso, sumiso y complaciente, diligente y laborioso, caritativo y equilibrado, paciente, moderado, perdonador y sincero; y hacer en todo tiempo lo que tal temperamento me llevaría a hacer; y examinar estrictamente, al final de cada semana si así lo he hecho.

48. Resuelvo examinar constantemente, con la mayor exactitud, diligencia y escrutinio, el estado de mi alma, para saber si tengo verdaderamente un interés en Cristo o no; para que, cuando llegue a morir, no tenga negligencia alguna en este asunto de la cual arrepentirme.

49. Resuelvo que esto nunca será así, si está en mis manos evitarlo.

50. Resuelvo actuar de tal manera, como creo que juzgaré qué habría sido mejor y más prudente cuando llegue al mundo venidero.

51. Resuelvo que actuaré, en todos los aspectos, como creo que desearía haberlo hecho si al final me condenaran.

52. Frecuentemente escucho a personas mayores decir cómo vivirían si volvieran a vivir: Resuelvo vivir tal como creo que desearía haberlo hecho, suponiendo que llegue a la vejez.

53. Resuelvo aprovechar toda oportunidad, cuando me halle en el mejor y más feliz estado de ánimo, para encomendar y confiar mi alma al Señor Jesucristo, y consagrarme completamente a Él; para que de esto tenga seguridad de mi salvación, sabiendo que confío en mi Redentor.

54. Resuelvo, siempre que oiga algo dicho en elogio de alguna persona, si considero que sería digno de alabanza en mí, esforzarme por imitarlo.

55. Resuelvo esforzarme al máximo por actuar como creo que lo haría si ya hubiese visto la felicidad del cielo y los tormentos del infierno.

56. Resuelvo no abandonar jamás, ni disminuir en lo más mínimo, mi lucha contra mis corrupciones, por muy infructuosa que me parezca.

57. Resuelvo, cuando tema infortunios y adversidades, examinar si he cumplido con mi deber, y decidir cumplirlo, dejando el resultado tal como la Providencia lo disponga; y, en cuanto me sea posible, no preocuparme por otra cosa que no sea mi deber y mi pecado.

58. Resuelvo no solo abstenerme de una actitud de disgusto, irritación o ira en la conversación; sino manifestar un espíritu de amor, alegría y benignidad.

59. Resuelvo, cuando sea más consciente de provocaciones a la mala disposición y a la ira, esforzarme aún más por sentir y actuar con buen ánimo; sí, incluso en tales momentos manifestar bondad, aunque crea que en otros aspectos sería desventajoso y que en otros tiempos sería imprudente.

60. Resuelvo, siempre que mis sentimientos comiencen a mostrar el más mínimo desorden, cuando sea consciente de la menor inquietud interior o irregularidad exterior, someterme entonces al examen más estricto.

61. Resuelvo no ceder a esa apatía que, según encuentro, me impide centrarme plenamente en la religión, sea cual sea la excusa que tenga.

62. Resuelvo no hacer jamás otra cosa que no sea mi deber; y entonces, conforme a Efesios 6:6–8, hacerlo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que cualquier cosa buena que cada uno haga, esto recibirá del Señor.

63. Suponiendo que nunca existiera más que un solo individuo en el mundo, en cualquier momento dado, que fuera un cristiano plenamente cristiano, en todo sentido, de carácter correcto, un cristianismo que siempre brillara en su verdadero esplendor y se mostrara excelente y hermoso, desde cualquier perspectiva y bajo cualquier condición: Resuelvo actuar exactamente como lo haría si me esforzara con todas mis fuerzas por ser ese único cristiano que viviera en mi tiempo.

64. Resuelvo, cuando encuentre esos “gemidos indecibles” de los que habla el apóstol, y esos “suspiros del alma por el anhelo que tiene”, de los que habla el salmista en el Salmo 119:20, fomentarlos con todas mis fuerzas, y no cansarme de esforzarme ardientemente por expresar mis deseos, ni de repetir tal fervor.

65. Resuelvo ejercitarme en esto durante toda mi vida, es decir, con la mayor franqueza de la que sea capaz, para declararle a Dios mis caminos y abrirle mi alma, todos mis pecados, tentaciones, dificultades, penas, temores, esperanzas, deseos y todo lo demás, según el Sermón del Dr. Manton sobre el Salmo 119

66. Resuelvo procurar siempre mantener un semblante benigno y una manera amable de actuar y hablar, en todo lugar y en toda compañía, excepto cuando el deber requiera lo contrario.

67. Resuelvo, después de las aflicciones, indagar en qué he salido mejorado por ellas; qué bien he obtenido de ellas; y qué bien podría haber obtenido.

68. Resuelvo confesar sinceramente ante mí mismo todo aquello que descubra en mí, ya sea debilidad o pecado; y, si concierne a la religión, confesar también todo el caso delante de Dios e implorar la ayuda necesaria.

69. Resuelvo hacer siempre aquello que desearía haber hecho cuando veo a otros hacerlo.

70. Que haya algo de benevolencia en todo lo que digo.


Jonathan Edwards (1703–1758)

Fue un teólogo, pastor y filósofo reformado estadounidense, considerado una de las mentes más influyentes del protestantismo en América del Norte. Nació en un hogar evangélico puritano el 5 de octubre de 1703 en East Windsor, Connecticut. Fue el quinto de once hijos del reverendo Timothy y Esther Edwards. Su educación infantil lo sumergió no solo en el estudio de la Biblia y la teología cristiana, sino también en los clásicos y las lenguas antiguas, mostró una notable precocidad intelectual, ingresando a la Universidad de Yale a temprana edad. Sirvió como pastor en “First Church of Northampton”, Massachusetts, y fue una figura central del Primer Gran Despertar, destacándose por su profunda reflexión sobre la gloria de Dios, la soberanía divina y la experiencia genuina de la fe cristiana.


Fuentes:
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Texto original: Resolutions (1722–1723), Jonathan Edwards, CCL The Works of Jonathan Edwards (traducción al español por Jey Núñez).
Archivos: Jonathan Edwards Center (Yale).

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Jose Nuñez

Cariñosamente Jey. Doulos por gracia. Vive en Santo Domingo, República Dominicana. Esposo de Nadia Zamantha y padre de Ami. Miembro de la IBI en Santo Domingo. Co-fundador de Doulos LSA ®. Colabora en nuestra web como editor y autor de contenidos. Puedes seguirlo en Twitter | Instagram.
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